¿Ayudaría la innovación tecnológica a descubrir a los mentirosos?

  • Viernes 28 oct 2016 >
  • por Sabina Tobares
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¿Estamos cerca de descubrir a los mentirosos gracias a la tecnología? ¿Podría un desarrollo tecnológico basado en softwares o, incluso, Inteligencia Artificial (IA) generar una innovación histórica en este campo?

Hace más de 10 años que existe un sistema de reconocimiento facial que, basándose en ciertos parámetros identifica tu imagen en la web.  El software mide ciertas características en el rostro y las compara con otras y, luego, sugiere las que tienen mayor similitud. Este proceso, que se inició con imágenes fijas, luego se extendió al video.

También existen softwares que reconocen un rostro para agregarles efectos en un video. Esta tecnología se volvió más conocida gracias a la popular app MSQRD. De cualquier manera, si hacemos memoria hace mucho más tiempo que existen los detectores de mentiras que miden el pulso, la presión sanguínea y la saturación de oxígeno del “entrevistado”.

Ahora bien: ¿qué pasaría si uniéramos todo?

Si se lograran consolidar estos avances en un detector de mentiras digital que mediante un software lea microgestos, podría tener múltiples aplicaciones. Pero ante un desarrollo así, los más interesados en descubrir cómo reconocer la veracidad de los discursos y declaraciones serían, sin duda, los responsables de la seguridad mundial en los países desarrollados.

Detrás de estas investigaciones están grandes agencias, tales como el FBI, CIA, MI5 o Interpol, entre otras.  Hay muchos avances pero aún no hemos llegado a un “Lie to me” tecnológico.

Lo más cerca que hemos llegado es a un software que se llama FACS (sistema de acción facial) que analiza las emociones partiendo de un rostro neutro. Este programa mide lo que se conoce como microgestos o microexpresiones, y devuelve al interesado la información sobre qué emoción se correspondería con las características analizadas sobre la base de un rostro neutro grabado previamente, de modo de comparar ambas versiones.

Luego, indica el nombre de la emoción y el observador deberá determinar si esa emoción coincide (o no) con el discurso.

La comunicación no verbal es un tema apasionante y sumamente estudiado en todas las épocas por distintas disciplinas. Pero los mayores expertos… siguen siendo personas.

 

Pero….  ¿Por qué mentimos?

Cuando el hombre prehistórico vivía en cavernas, la mentira no existía. No había necesidad de engaños. Las personas aprendieron a mentir cuando comenzaron a vivir en sociedades urbanas, porque antes, cuando la vida se desarrollaba en pequeños clanes… todos se conocían con todos.

Las razones que llevaron a los seres humanos a mentir son, fundamentalmente, el miedo; luego se desarrolló el orgullo, la culpa y la vergüenza, que son emergentes de la complejización de la convivencia en ciudades.

El miedo es el argumento más antiguo para justificar el engaño. Las demás emociones surgieron después, junto con el desarrollo de la urbanidad. Las ciudades crecieron más rápido que nuestra capacidad de comprender la gestualidad de los vecinos. ¿Quiénes serán esos desconocidos que viven junto a mí? ¿Qué hacen? ¿Qué pretenden? Reaccionamos escondiéndonos tras el engaño porque nos sentimos desprotegidos. Hay una necesidad social de preservarnos a través de la mentira. Es propio de la vida.

Más allá de la racionalidad y emocionalidad humanas hay ejemplos en la naturaleza que demuestran que el engaño tiene su motivación positiva. Hay orquídeas que lanzan feromonas que atraen a las avispas macho con el objetivo de ser polinizadas.

Un caso mas complejo es el de “Koko” la gorila que dio un mensaje a los hombres gracias a que se comunica muy bien mediante lenguaje de señas. Koko ama a los gatitos y siempre tiene alguno con ella. Un día se enojó y rompió un lavatorio que había en su jaula. Lo gracioso fue que cuando le preguntaron quién había hecho ese desastre, ella respondió que había sido el gatito.

También podemos ejemplificar lo natural del mentir si observamos a los bebés que lloran y hacen silencio en forma alternada para saber si su llanto tuvo el efecto esperado. Cuando hacen silencio escuchan si dio resultado y aprenden a llamar la atención. Si no funciona comienzan a llorar nuevamente… hasta que aprenden a engañar de otras maneras.

 

¿Dejaremos atrás el arte del engaño?

En realidad la mentira tiene una acción social que va más allá de su significado. Por ese motivo, para tratar de salvar esa función hemos discriminado en mentiras buenas y malas, blancas y negras o piadosas y no piadosas.

Por ejemplo: si una madre le dice a su niño que vendrá Papá Noel en Navidad porque se ha portado muy bien, técnicamente está mintiendo, pero no tiene emociones que contradigan su motivación de bondad y amor. Y por lo tanto no habría corporalidad incongruente.

Siempre que observamos el lenguaje no verbal hay que relacionar y contextualizar la emoción y el mensaje porque lo que se busca, mediante softwares o no, son las incongruencias. Y la cuestión no queda ahí, ya que si se descubre alguna relación incomprensible se deberá indagar más sobre ese aspecto. Como se ve, no es algo “matemático” o exacto. Y si hay demasiadas incoherencias respecto a la emoción esperada, se deduce por lo tanto que hay una falacia en lo dicho.

Relacionar una serie de gestos y asumir si alguien dice o no la verdad es extremadamente difícil porque las emociones que se generan depende de multiplicidad de factores. Si le causamos incomodidad o nerviosismo a alguien por culparlo de un delito, es probable que tal nerviosismo se deba al estrés de la acusación y no a que el acusado haya sido descubierto.

Las probabilidades de saber si nos mienten son aleatorias. Los especialistas del FBI, la CIA o de altos rangos de empresas de seguridad con muchos años de práctica y bastantes estudios en gestualidad llegan a subir el grado de certeza a un ¿modesto? 70%.

Los párrafos precedentes pretendieron, si no demostrar, al menos mostrar que estamos ante una cuestión en la que se mezclan numerosísimas variables e, incluso, algo tan sutil (y humano) como la intuición.

Por lo tanto, y siendo sinceros: si pensamos en la posibilidad seria de descubrir a las personas que dicen mentiras a partir de una app de cualquier dispositivo móvil… nos damos cuenta de que estamos, todavía, muy lejos de ese escenario.

Está bien: podríamos ser más “realistas” e imaginar un complejo software basado en una plataforma de IA, capaz de procesar en milisegundos terabytes de información captada a partir de imágenes de video y capaz, también, de relacionar millones de variables, con el objetivo de detectar mentiras en un porcentaje… superior al 70% demostrado por expertos en seguridad con formación en gestualidad humana.

Pero al parecer estamos aún lejos de eso.

De todas maneras: si esto sucediera… ¿perderíamos parte de nuestra capacidad de comunicación? ¿Limitaríamos nuestra posibilidad de empatizar racionalmente? ¿Podríamos dominar al cuerpo y contener la emoción real?  Sigo pensando…



Escribio la nota:

Sabina Tobares

Hola, trabajo en la compañía hace más de 15 años y en la actualidad estoy trabajando en Gestión del Cambio en Telefónica Global Technology (TGT). Soy amante de la comunicación en todas sus formas y mi recorrido académico lo demuestra: en 2005 me recibí de locutora, en 2009 terminé la Licenciatura en Comunicación Social, soy MASTER en PNL y tengo un doctorado en comunicación en curso. Estoy haciendo una columna tecnológica en “Nota de Voz”, un programa de Radio Zonica y espero contarlos como oyentes a partir de este momento. El rol que mas amo es ser mamá de una belleza que acaba de cumplir cuatro añitos y que me llena de amor a diario, mi hija Sofia. ¡Gracias por tu tiempo!
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