Lo primero que se nos viene a la mente a la hora de hablar sobre el mundo digital son aquellos aspectos relacionados con las decisiones que toman en materia de tecnología los denominados “gigantes informáticos”. Sin embargo, existen otros actores que juegan un papel importante desde las universidades y otras instituciones de interés público de las cuales uno de sus integrantes es el investigador del CONICET Fernando Boro.
La publicación de una nota firmada por Alicia Beltrami en la edición en papel del diario económico BAE, pone de relieve una disciplina poco conocida en el ámbito de la tecnología en la cual Fernando Boro es especialista: la preservación digital de archivos históricos.

¿Cuál el el propósito de la nota? hacer un llamado de atención sobre la posibilidad cierta de acceder a documentos almacenados en formato digital sin importar el dispositivo en que se encuentre y el sistema operativo del que es tributario (sigue).
Reparemos en esto: hay diversos formatos disponibles para almacenar información que puede tener valor cultural, y el papel es uno de ellos. Sin embargo, el soporte material que ejerció su hegemonía durante siglos fue desplazado por el soporte digital.
La posibilidad de archivar y producir información de forma masiva, dice Boro, plantea la situación de estar expuestos a un fenómeno de caducidad u obsolescencia de los dispositivos.
Si bien el contexto de de este reportaje es la popularización de los libros electrónicos en el marco del evento de su lanzamiento que tuvo lugar en la última Feria del Libro el Foro sobre preservación digital de documentos cuyo disertante es el mismo Boro, reflexiona sobre los soportes materiales de la información sin apelar a un tono apocalíptico: “Para ponerlo en un ejemplo concreto: una carta manuscrita o un daguerrotipo puede durar fácilmente cien años. Sin embargo los disquetes de solamente hace diez años ya son, en términos prácticos, inservibles.” Para graficar este fenómeno se ha acuñado el concepto de oscurantismo digital. La mirada está puesta sobre la sobrevida a la que pueden aspirar los documentos y su valor como legado.
La preservación de la información producida en esta época –“nunca antes se había producido tal volumen de información ni tampoco se ha perdido tanta”, alerta Boro– tiene que ir acompañada de políticas que alienten su perdurabilidad por los próximos cien años, por lo menos. Así es como cobra fuerza la necesidad de cotejar los formatos digital versus analógico y hacer un relevamiento de las ventajas de este último.
Se pone en discusión, entonces, la ausencia de estándares en lo que se refiere a soportes de información digital asociados a la necesidad de utilizar archivos de código abierto. Los archivos con la extensión .tiff cumplen con este requisito.
Justo cuando Google abandona el proyecto de digitalizar los periódicos antiguos previos a la aparición de Internet (tema que será tratado en una próxima entrada) surge el siguiente interrogante: ¿será, acaso, la denominada computación en la nube la que dará respuesta a esta problemática?
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